Escrito por nuestra bloguera Gianny Liranzo de madresconectadas.com

Nuestro sistema educativo está basado en la creencia de que el grado de inteligencia determina el éxito en el futuro para los estudiantes. Por eso, el enfoque y la metodología de la educación van de la mano con desarrollar la inteligencia en los niños.

Este acercamiento tiene la ventaja de que la inteligencia ha sido ampliamente estudiada y es algo fácilmente medible, que arroja datos y resultados concretos.

Sin embargo, en la realidad se ve el caso de que tener un IQ, o coeficiente intelectual elevado, no necesariamente es sinónimo de logro, y que no tenerlo tampoco es causa de fracaso. Por eso vemos gente muy inteligente y que no le va tan bien en la vida como otros que son menos inteligentes y alcanzan sus metas y triunfan.

¿Qué tienen esas personas que alcanzan sus metas sin ser los más brillantes?

Pues según expertos en educación, lo que tienen es una cualidad no relacionada al cerebro sino a la persona en sí: el carácter (en inglés se conoce como grit). La definición textual de grit es: “enfocarse en algo a largo plazo hasta dominarlo”.

Algo que no hay que explicar demasiado es que, si una persona se enfoca en una meta y trabaja duro por ella, tiene mayor probabilidad de lograrla que el que no lo hace, independientemente de su grado de inteligencia.

El truco está en que, por el interés de lograr algo, se compensa la inteligencia con otras cualidades y actitudes que permiten alcanzar lo que se proponga. Partiendo de esta idea me pregunto: ¿Qué estamos haciendo como padres para ofrecerles a los niños experiencias que forjen su carácter?

La meta sería salirnos un poco del cajón y destacar en los niños otras cualidades más allá de la inteligencia, que contribuirán con su desarrollo como persona. La capacidad de enfocarse, de estructurar, de cuestionar e incluso hasta de inspirarse.

Que podamos motivar el aprendizaje de los niños con experiencias vivas que los lleven a enfrentar retos para que desarrollen la capacidad de no dejarse hundir por ellos. Pero, ante todo, que les enseñemos que su valor como persona no depende de un número, ni de una evaluación y que su éxito o fracaso no depende sólo de una cualidad innata o genética.

Creo que es nuestra tarea que nuestros hijos crezcan sabiendo que la perseverancia, paciencia y determinación son cualidades que ellos pueden desarrollar y que tienen en sus manos el poder de forjar. Enseñarles que, cultivando valores como la honestidad, la solidaridad y el respeto pueden lograr mucho más en la vida.

Y que eso que llamamos éxito significa algo diferente para cada quien, y no necesariamente es medible, porque que al final, como dijo Maya Angelou:

“El éxito es que te guste quien eres, que te guste lo que haces y que te guste cómo lo haces”.

 

 

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